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«La alegría de vivir»: metodología didáctica desde la resiliencia

El documento que compartimos en esta oportunidad corresponde a un artículo en que se presenta una experiencia para estimular la resiliencia en niños en edad preescolar provenientes de un conglomerado socialmente desfavorecido en Colombia. En esta dinámica de resiliencia se ha implementado la metodología didáctica llamada «La alegría de vivir», para trabajar el plan curricular de aula en jardines infantiles que cumplen una labor social en lugares marginales. Esta metodología utiliza la inves­tigación y la acción participativa, y se basa en el movimiento pedagógico Escuela Nueva y la corriente pedagógica constructivista, desde la que se evidencia la importancia de la educación en los primeros años del niño como la edad posibilitadora y promotora de aprendizajes significativos; este método supone, necesariamente, un modo particular de realizar acciones educativas que conlleven un «saber hacer desde un saber amar», el gran desafío de los educadores del siglo XXI.

La infancia es la etapa más importante en el desarrollo evolutivo del ser humano. Todas las experiencias que el niño vivencia en sus primeros años de vida son fundamentales para la adquisición del conocimiento y el consiguiente buen manejo de sus habilidades cognitivas y sociales posteriores , ya que los cambios que sucedan en su organismo serán pro­porcionales a los incentivos que reciba, tanto de las personas que conforman su nido afectivo como de los ambientes naturales en los que se desenvuelve cotidianamente. Es bien sabido que el desarrollo del niño tiene mucho que ver con la interacción que este haga con el entorno. Un entorno desfavorable menoscaba ostensiblemente el desarrollo social y afectivo, al igual que las competencias cognitivas y de lenguaje del niño; un ambiente tenso en el hogar, debido a las relaciones negativas entre los adultos, conlleva factores de riesgo –carencias afectivas, malnutrición y cuidados inapropiados, entre otros– que desestabilizan el proceso enriquecedor del crecimiento normal del menor. Un ejemplo de esto último es el cerebro: si los ambientes no son los propicios, el niño retrasa los factores de maduración de las conexiones nerviosas, la sensibilidad de su sistema perceptivo y las posibilidades vitales, comunicativas y de acción que ofrece el medio, desvanecién­dose la oportunidad de posibilitar un mejor desarrollo. Sin embargo, existen factores protectores, como la resiliencia, que se potencian en el niño de acuerdo a la calidad del entorno basado en los valores naturales que se convierten en estrategias de conductas exitosas, como cuando desde el momento del nacimiento, el bebé y su madre establecen relaciones de apego seguras con reglas de interacción que favorecen la comunicación.

Numerosas investigaciones han demostrado la existencia de un potencial que, oportunamente bien incentivado gracias a factores protectores, bloquean los factores adversos y de riesgo a los que ha sido expuesto el individuo en las distintas etapas de su vida. Este proceso se ha denominado resiliencia que se puede definir como la ca­pacidad del ser humano para reponerse de un trauma sin quedar marcado, y como mecanismo de autoprotección creado, en primer lugar, por los lazos afectivos, y por la posibilidad de expresar emociones y compartirlas.

Fuente.

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