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Valores familiares y su influencia en el proceso educativo. Retos para la escuela actual

“La afirmación de Fernando Savater, en “El valor de educar”, respecto a que los niños, sobre todo en sus primeros años, pasan siempre un mayor tiempo fuera de la escuela que dentro, es uno de los aspectos más sencillos de reconocer, pero no sucede lo mismo cuando se trata de reflexionar al respecto. El objetivo principal de este escrito es presentar algunas ideas importantes expresadas por el filósofo español Savater, en el texto citado, que permitan compartir un espacio de reflexión en torno a la importancia de la familia en el proceso educativo, en la edad infantil, y los valores que en ella se manejan, para percibir la complejidad de la tarea educativa de las escuelas hoy día y enfrentar, como docentes, el compromiso correspondiente. Los profesores no debemos subestimar la influencia educativa que tienen los valores, expresados dentro de familia, para nuestros estudiantes; ni mucho menos dar por sentado que ante el papel de ésta, no podemos hacer más nada por los alumnos. La reflexión a la que les invito permitirá comprender mejor las actitudes y valores del niño ante el proceso educativo institucional y los retos actuales que enfrentamos”

  1. Escrito por: Flor Alejandrina Hernández Carballido. Profesora de la Escuela Nacional Preparatoria

La familia

Antes de ponerse en contacto con sus maestros, muchos niños ya han experimentado la influencia educativa del entorno familiar y de su medio social, los que seguirán siendo determinantes -cuando no decisivos- durante la mayor parte de la educación básica.

En la familia, el niño aprende, o debería de aprender, aptitudes tan fundamentales como hablar, vestirse, asearse, obedecer a los mayores, proteger a los más pequeños, compartir alimentos y otros dones con quienes le rodean, participar en juegos colectivos respetando reglamentos, distinguir de manera elemental entre lo que está bien y lo que está mal, etc.

Estas aptitudes inculcadas en los niños son conocidas como socialización primaria y si ésta se ha realizado de modo satisfactorio, cabe esperar que la enseñanza en la escuela sea más eficiente.

Sin embargo, tales aptitudes que se desean propiciar no son fáciles de comprender ni de realizarse en la niñez, siendo conveniente distinguir los procedimientos de enseñanza que se realizan en la familia y en la escuela para tal fin.

En la familia las cosas se aprenden de un modo bastante distinto a como luego tiene lugar el aprendizaje en el ámbito escolar. Un factor importante es la cercanía afectiva entre el niño y el educador o familiar, por lo que la enseñanza se apoya más en el contagio y en la seducción que en lecciones objetivamente estructuradas, como sucede en la escuela.

Pero, también en el ámbito familiar se cuenta con un elemento de coacción o de presión mucho más eficaz que el ejercido en la escuela: la amenaza de perder el cariño del padre o la madre, del abuelo o la abuela.

Para Savater el principal motivo de nuestras acciones sociales, incluyendo la edad infantil, no es el deseo de ser amado (aunque sea un valor muy importante) ni el ansia de amar (que aparece en ciertas etapas de la vida) sino el miedo a dejar de ser amado por quienes más cuentan para nosotros en cada momento de la vida: los padres en un principio, los compañeros o amigos posteriormente, e inclusive, al final de la vida, los hijos y los nietos.

La familia, si otorga ese amor a su hijo, representa la fuerza que guía y motiva las acciones del niño, en cuanto éste no quiere dejar de ser amado. Educarlo amorosamente, permite al niño sentirse fuerte y desear que ese sentimiento se mantenga.

Por eso, afirmaba Goethe, que da más fuerza saberse amado que saberse fuerte: la certeza del amor, cuando existe, nos hace invulnerables. Es en el nido familiar, cuando éste funciona con la debida eficacia, donde uno paladea por primera y quizás última vez la sensación reconfortante de esta invulnerabilidad. (Savater 1997, p. 63)

De ahí que se considere que, los niños felices en su infancia nunca se recuperan del todo de la pérdida de esta etapa y, a su vez, ese sentimiento de amor del que se rodean les infunde una confianza en el vínculo humano que difícilmente puede destruirse, incluyendo el que se establece en el proceso educativo,. Aunque por desgracia, sucede todo lo contrario cuando un niño no es amado en su infancia.

El ideal familiar consiste en propiciar esta felicidad en el niño, es este valor lo que justifica y compromete socialmente a la familia.

Hay que aclarar que este niño feliz no es el niño mimado o súper protegido.

La educación familiar funciona por vía del ejemplo, está apoyada por gestos, humores compartidos, hábitos del corazón, chantajes afectivos, junto a la recompensa de caricias o por el contrario de castigos.

Por eso, lo que se aprende en la familia tiene una gran fuerza persuasiva, que en el mejor de los casos sienta las bases de principios morales estimables pero que, al mismo tiempo, en los casos desfavorables hace arraigar prejuicios que más tarde serán casi imposibles de extirpar.

En la actualidad, la familia no cubre plenamente el papel de socializar al niño, por lo que la escuela no sólo no puede efectuar su tarea específica, sino que empieza a ser objeto de nuevas demandas, para las cuales no está preparada.

Con mayor frecuencia, los padres u otros familiares a cargo del niño sienten desánimo o desconcierto ante la tarea de educarlo en el ámbito del hogar y lo abandonan a los maestros, mostrando luego tanto mayor irritación ante los fallos de éstos, aunque no dejan de sentirse culpables por la obligación que rehuyen.

Vamos a referirnos a algunas de las causas que provocan en la familia el desgano ante sus funciones educativas, no en el ámbito sociológico, como la incorporación de la mujer en el mercado de trabajo o el de los hechos más comunes, la existencia de madres solteras. Savater conduce la reflexión de este problema al ámbito moral, a cambios ocurridos en los adultos, a la manera de interpretarse ellos mismos.

El valor moral de la autoridad en la familia

Sucede que los responsables de la educación del niño en el hogar han dejado de creer y de valorar la importancia de ser personas adultas, maduras. Sin embargo, para que la familia funcione en su papel de educar es imprescindible que alguien en ella se resigne a ser adulto. Y ese papel no puede decidirse por sorteo o por votación.

El padre que no quiere figurar sino como él mejor amigo de sus hijos sirve para poco, y la madre cuya vanidad hace esperar que la tomen por hermana, ligeramente mayor, de su hija, tampoco vale mucho más.

Se puede objetar que este tipo de situaciones dan a la familia un sello de informalidad y de menor frustración que en épocas pasadas. Sin embargo, actitudes como las señaladas previamente provocan en los hijos una mayor dificultad en la toma de conciencia moral y social. De esta manera, le “pasan” o le otorgan mayor responsabilidad al Estado sobre sus hijos, o bien a los profesores de las escuelas donde los niños asisten.

Savater considera que una manera de interpretar estos hechos es afirmar que, como suele decirse, hay una crisis de autoridad en la familia. Tal crisis supone una antipatía y recelo no tanto contra el concepto mismo de autoridad, pues los padres exigen a otras instancias que la ejerzan, sino contra la posibilidad de ocuparse personalmente en el ámbito familiar del que se es responsable.

Es decir, los padres no ejercen su autoridad en el ámbito familiar por varias razones, una de ellas es el rechazo a considerarse adultos con el derecho de ayudar a crecer, que los llevan a exigir de otras instancias el ejercicio de autoridad sobre sus hijos que ellos no saben ejercer. De ahí la necesidad de aclarar que:

En su esencia, la autoridad no consiste en mandar, etimológicamente la palabra provine de un verbo latino que significa algo así como ayudar a crecer (Savater, 1997, p. 71)

Por eso, hablar de ejercer autoridad en la familia es sinónimo de ayudar a crecer a los más jóvenes de acuerdo al principio de realidad.

Este principio de realidad implica la capacidad de restringir las propias apetencias en vista de las de los demás y aplazar o templar la satisfacción de algunos placeres inmediatos en vista de algunos objetivos recomendables a largo plazo.

Es natural que los niños carezcan de la experiencia vital imprescindible para comprender la sensatez racional de este planteamiento y por eso los padres, como adultos que son, se lo deben enseñar.

Es una obviedad, frecuentemente olvidada, que los niños son educados para ser adultos, no para seguir siendo niños. Son educados para que crezcan mejor, no para que no crezcan, puesto que de todos modos van a crecer, quieran o no.

Este hecho, tal vez ignorado por los padres porque ellos tampoco han crecido moralmente, lleva a afirmar que si los padres no ayudan a crecer a sus hijos y prepararlos para ser adultos, con su autoridad amorosa, entonces serán las instituciones escolares las que se verán obligadas a imponerles el principio de realidad, no con afecto sino por la fuerza.

La televisión suple la falta de educación familiar

La televisión se presenta como un factor de gran influencia en la educación que reciben los niños. Las críticas respecto a este medio de comunicación no se basan en reiterar los comentarios superficiales que al respecto de ella se hacen, considerándola como “caja idiota”, elemento enajenante, trasmisora de falsas ideologías, etc.

La televisión ha sustituido a los libros y a las lecciones de padres y maestros para dar a conocer a los niños las realidades feroces e intensas de la vida humana: sexo, procreación, enfermedades, muerte, violencia, dinero, guerra, ambición, etc.

La identidad infantil (la mal llamada “inocencia” de los niños) consistía en ignorar esas cosas o no manejar sino fábulas acerca de ellas, mientras que los adultos se caracterizaban precisamente por poseer y administrar la clave de tantos secretos…Pero la televisión rompe esos tabúes y con generoso embarrullamiento (sic) lo cuenta todo. ( Savater 1977, p. 77-78)

La televisión ofrece modelos de vida, ejemplos y contraejemplos, es más, tiende a reproducir los mecanismos de socialización primaria empleados por la familia, socializa a través de gestos, de climas afectivos, tonalidades de voz, promueve creencias, emociones.

Lejos de sumir a los niños en la ignorancia, la televisión les hace aprender muchas cosas, sin trámites pedagógicos. Opera cuando los padres no están y muchas veces para distraerlos de este hecho. O si los padres llegan a ver la televisión con sus hijos, se instalan mudos y absortos ante sus imágenes.

De tal manera, la tarea de la escuela resulta doblemente complicada: suplir lo que el ámbito familiar no otorga y competir con la socialización televisiva, hipnótica y poco crítica, que recibe el niño.

Retos de la escuela actual

Algunas de las tareas que las instituciones educativas deben realizar para cubrir estas deficiencias en el proceso educativo familiar consisten en dar cabida a reflexiones éticas, información sexual, aspectos básicos sobre las drogas y la violencia.

Se considera posible enseñar ética en los primeros años, no tanto como asignatura o de modo temático, sino reflexionando sobre los ejemplos que se observan en la organización del centro educativo, en las actitudes de los maestros y en su relación con los alumnos.

Otras perspectivas consideran que si bien la ética debe ser laica, su enseñanza es muy parecida a la del adoctrinamiento religioso, sólo se sustituyen los sermones dominicales, por las clases semanales de ética.

Sin embargo, la enseñanza de la temática moral puede ser provechosa en tanto los niños adquieran hábitos de cooperación, respeto al prójimo y autonomía personal, aspectos teóricos que también deberán confrontar con ciertas experiencias diferentes a lo debido, como por ejemplo situaciones que les enseñen el valor ocasional de la mentira o el abuso de la fuerza.

De ahí la necesidad de centrar la tarea ética educativa en la búsqueda de tres virtudes, de las que se podrán desprender con más o menos facilidad todas las demás:

…el coraje, para vivir frente a la muerte, la generosidad para convivir con los semejantes y la prudencia para sobrevivir entre necesidades que no podemos abolir. Las tres virtudes y sus corolarios están directamente relacionadas con la afirmación de la vida humana y no dependen de caprichos arbitrarios, ni de revelaciones místicas, ni siquiera corresponden a un tipo determinado de sistema social. Provienen sin rodeos del anhelo básico de vivir más y mejor…( Savater, 1997, p. 84)

El valor de la sexualidad

Respecto a la temática sexual, desde edades tempranas, los padres y la escuela no pueden eludir este tema con los niños, la televisión, principalmente, es muy explícita respecto a situaciones de sexualidad.

Una de las misiones de la escuela es instruirlos en cuestiones biológicas e higiénicas. Informar con claridad y sentido común, lo cual no debe considerarse incitar al niño al libertinaje, sino una ayuda para evitar que la exuberante salud juvenil produzca víctimas por mera ignorancia.

Sin embargo, la simple información orgánica no puede dar cuenta de la mayor parte de la realidad sexual como es la prostitución, la pornografía, la homosexualidad, la ternura sensual.

…es importante tarea educativa enseñar que el sexo nada tiene que ver con los records olímpicos, que es más rico cuando involucra sentimientos y no sólo sensaciones, que lo importante no es practicarlo cuanto antes y cuanto más mejor, sino saber llegar a través de él a la más dulce y fiera de las vinculaciones humanas.(Savater, 1997. p. 90)

El valor de la salud

Respecto a la problemática de las drogas, es importante entender que el consumo de éstas, independientemente de por qué se lleguen a consumir, se da principalmente porque las drogas están ahí, en todas partes, tal y como van a seguir estando en un futuro previsible.

En la escuela, los profesores podemos enseñar los usos responsables de la libertad, pero no impedir que el alumno desee, y lo haga, ser un consumidor de drogas, porque la solución del problema no es que éstas desaparezcan o se legalicen, pues es como pedir que no exista el vino, por la embriaguez que produce, que no existan las noches, por los ladrones, que no haya mujeres, para evitar el adulterio masculino.

En la escuela sólo se pueden enseñar los usos responsables de la libertad, no aconsejar a los alumnos a que renuncien a ella. Algunos pseudoeducadores dicen que la droga no es cuestión de libertad personal, porque el drogadicto pierde el libre albedrío: ¡como si no perdiese también la libertad de ser soltero quien se casa, la de convertirse en atleta quien dedica sus horas al estudio o la libertad de permanecer en casa quien emprende un viaje! ( Savater, 1997, p. 92)

El valor de temerle a la violencia

La escuela enfrenta una mayor dificultad para educar al alumno a no ser violento Si se cuestiona: ¿por qué el niño o el joven es violento?, habrá que ampliar la pregunta: ¿por qué los adultos lo son? ¿es que acaso la violencia no es un componente de las sociedades al igual que lo es la concordia? ¿no es la violencia la que ha provocado grandes transformaciones, en contra del abuso del autoritarismo de algunos hombres y gobiernos tiranos?

La violencia no es un fenómeno perverso, diabólico, es un componente de nuestra condición que debe ser compensado y mitigado racionalmente por el uso de nuestros impulsos, no menos naturales, de cooperación, concordia y ordenamiento pacífico.

La virtud fundamental de nuestra condición violenta es enseñarnos a temer la violencia y a valorar las instituciones que nos hacen desistir de ella. Este aspecto cobra gran relevancia a partir del 11 de septiembre del 2001, por los atentados sufridos en Estados Unidos, aunque la virtud de temerle a la violencia se haya subestimado desde el inicio de la humanidad.

En este sentido, la televisión tiene una función catártica para ayudar al niño a expulsar los demonios interiores. Aunque habrá otros que piensen que incita a la violencia.

Si se cree que hay que enseñar que la violencia nunca debe ser respondida con la violencia, está mal dicha la consigna, lo que hay que enseñar es que la violencia,siempre es respondida, antes o después, por la violencia como único medio de atajarla y que es precisamente esa cadena cruel de estímulo y respuesta la que la hace temible e impulsa a tratar de evitarla en lo posible. (Savater, 1997, p. 95)

Savater avala la idea de Bettelheim, para proponer una línea a seguir por los maestros en lo que se refiere al tema de la violencia, en donde considera que: si permitimos que los niños hablen francamente de sus tendencias agresivas, también llegarán a reconocer la índole temible de tales tendencias. Sólo esta clase de reconocimiento puede conducir a algo mejor que, por un lado, la negación y la represión y, por otro lado, a un estallido en forma de violencia.

De esta manera, la educación puede inspirar el convencimiento de que para protegerse a uno mismo, y para evitar experiencias temibles, hay que afrontar constructivamente las tendencias a la violencia, tanto las propias como las ajenas.

Así pues, respecto al tema de las drogas, el sexo y la violencia, los maestros debemos recordar, aunque otros no compartan esta idea, que las escuelas sirven para formar gente sensata, no santos, ese es el reto actual y hay que aprender a enfrentarlo y salir adelantes.

Asumir que las escuelas sirven para formar gente sensata es también una lección que los padres de familia deben incorporar al proceso educativo que realizan en sus hijos.

Bibliografía:

• Fernando Savater. El valor de educar. México. Instituto de Estudios Educativos y Sindicales de América. 1997.
* Conferencia impartida, inicialmente, a los Padres de Familia de la Primaria Colegio Vallarta, en Iztapalapa. D. F. Octubre del 2000 

Fuente: www.unidad094.upn.mx

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