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La educación en valores desde la familia

“La familia, institución reproductora del sistema de valores que conforma la base cultural de todo conglomerado humano, ejerce una presión educativa cimentada en afectos y reglas, modelando actitudes y comportamientos en consonancia con los valores del sector social que representa. Muchos trastornos psiquiátricos están relacionados con la deprivación afectiva en edades tempranas, lo que impide la maduración de centros nerviosos del Diencéfalo, incapacitando de por vida para el pensamiento superior, los sentimientos altruistas y los valores espirituales. Cuanto más amplio el espectro afectivo, más potencialidades éticas, inteligencia emocional y capacidades de socialización, que permitirán atenerse a principios morales, intereses y sentimientos sociales. La familia es transmisora de motivaciones, valores, ideología y cultura, aportando un sistema de creencias, convicciones y sentimientos que guían y orientan la personalidad, al incorporarlos como mecanismo autorregulador de la conducta social, en la asimilación del sentido y significado de los acontecimientos. Escenario privilegiado de los sistemas integradores de la personalidad a través de los patrones de crianza y de transmisión de valores empleados por los adultos para con los niños, hay que dotarla de los recursos psicológicos y pedagógicos para cumplir la parte que le corresponde en la formación del Hombre Nuevo. Esto no puede ser un problema espontáneo. Las organizaciones sociales, las universidades y los medios de comunicación requieren de un programa concertado a esos fines, a tono con las necesidades de construcción científica del nuevo edificio social, lo que constituye un problema científico de ingeniería social, impostergable”

La educación en valores desde la familia

Escrito por: Alberto Clavijo Portieles. Vicepresidente de la Sociedad Cubana de Psiquiatría ,Universidad Médica de Camagüey

La familia, como sabemos, es una institución reproductora no sólo de la especie, sino, también, de la sociedad y del sistema de valores que conforman la base cultural de todo conglomerado humano. Los padres somos verdaderos gametos culturales. La persona, además de identidad física, adquiere identidad cultural a través de los valores, costumbres, tradiciones, hábitos de vida, sistemas de creencias, formas de estímulo y control, reglas ordenadoras de la existencia en común que, primero y con más impacto que a través de cualquiera otra institución o lugar, se adquieren por mediación de la familia. Ser familia implica vínculos afectivos y morales que se mantienen a lo largo de la vida, así como obligaciones y derechos espirituales y materiales que la tradición y la ley recogen, los que, de violarse, crean problemas que la sociedad censura, afectando de hecho −directa o indirectamente− a transgresores, perjudicados y, por extensión, de un modo u otro, a todo el grupo familiar. La persona aprehende y aprende en su familia el patrón de su cultura; de no hacerlo, corre riesgos de anomia y desarraigo de los afectos y valores que le son propios en el sistema de comunicación social, lo cual resulta, a todas luces, peligroso a su salud mental.

Dentro del marco reproductor de la cultura a que hacíamos referencia, un aspecto que requiere consideración especial es el relativo al papel de reproductor del sistema de relaciones sociales que corresponde a determinado modo de producción material, a determinada forma de sociedad. No era la misma familia −no transmitía iguales valores ni preparaba igualmente a los hombres en su actitud ante el trabajo, las formas de propiedad y las modalidades de relación social que éstas promueven− la existente en tiempos de la sociedad esclavista (la familia del amo y la del esclavo), en el feudalismo (la familia noble y la del plebeyo, la del señor y la del siervo, con los derechos de pernada y otros atributos semejantes), y en el capitalismo (la familia del empresario y la del obrero o del campesino), ni la que se va conformando en la sociedad socialista, con los lazos y formas de relación familiar –con sus contradicciones– que la van caracterizando, en sus diferentes etapas.

Los que vivimos hace medio siglo en una sociedad en revolución, hemos sido testigos de excepción de cómo muchos de los conflictos de valores que se producen en la macrosociedad se reflejan, a su modo, hacia el interior de la familia, influidos por diversos factores entre los cuales descuellan los intereses que se representan, las convicciones que se sustentan, el status económico, la procedencia social y el ejemplo de las figuras parentales, el nivel educacional, el acceso a la información, el trabajo y la profesión de sus integrantes, las tradiciones familiares y culturales, el funcionamiento e integración psicodinámica de la familia, la influencia de los medios de comunicación y de las organizaciones sociales en la vida hogareña, por citar sólo algunos de ellos. La familia porta valores y, en estos, también están presentes, a su modo, los conflictos que pugnan por su hegemonía en la conciencia social.

A la vez, hemos visto cómo de acuerdo con la definición ideológica del núcleo, y los valores que porta, se ejerce una presión educativa grupal, cimentada en afectos y sistemas de compromisos, reglas y valores compartidos, que se constituyen en cultura familiar. De este modo se va conformando a sus miembros de acuerdo con una forma de pensar y hacer la vida y las relaciones sociales, cuyo condicionamiento y aprendizaje a través de los principios de ensayo y error, del premio y el castigo, la imitación y la educación verbal, van preparando a las personas para convivir y desarrollarse en la sociedad, reflejando sus valores en consonancia o disonancia con ella. De este modo van expresándose también en su seno, de forma indirecta y parcial, las principales contradicciones que aquejan a la sociedad, de acuerdo al momento histórico y al mundo que les ha tocado vivir.

La sociedad conforma al grupo familiar a tono con los intereses y valores del sector social que este representa, y la familia, modelando a las personas, condiciona que sostengan y tiendan a perpetuar los comportamientos adaptativos dentro de ciertos límites, en consonancia con las convicciones, creencias, necesidades e intereses del grupo familiar a que pertenecen. A la vez estos grupos, en sus tendencias mayoritarias, favorecen la reproducción o eventual modificación del modelo de relaciones sociales, al propiciar que sus miembros piensen y actúen, o no, de concierto con los valores predominantes. Vienen a ser un elemento activo fundamental del complejo sistema que mantiene en movimiento, de acuerdo a tendencias probabilísticas, la superestructura social y la vida material y espiritual del hombre y la mujer relacionados con ella.

Cuando tratamos con las personas en sus relaciones con el grupo familiar, se pone en crisis cualquier interpretación de causalidad que no justiprecie el valor de los procesos espirituales que operan en ello; el peso de la intimidad, de los afectos y principios morales, de la actividad creadora, de la iniciativa personal, de las convicciones y motivos, de las necesidades inmanentes de libertad y autonomía tan caros al ser humano.

Si el voluntarismo, el racionalismo y el espiritualismo no toman en cuenta los factores materiales, biológicos y económico-sociales que influyen en el comportamiento y dan elementos para comprender muchos de sus impulsos y pasiones, sucede que el materialismo mecanicista, el determinismo económico y la interpretación dogmática de la teoría de los reflejos condicionados y otras afines subvaloran de forma lamentable lo que pueden los resortes espirituales, los principios morales y la lucidez e inteligencia humanas, capaces de saltar sobre las condiciones materiales una y otra vez, conforme nos enseña la ya larga historia del desarrollo humano.

Los vínculos adecuados entre padres e hijos se sustentan en el cariño y los principios. Los lazos familiares son más sólidos y permanentes en tanto se cimientan en afectos y valores positivos. No estoy hablando de algo desconocido, lo que contrasta con su todavía frecuente omisión en la bibliografía científica.

Muchos trastornos psiquiátricos, como las personalidades antisociales y los llamados trastornos border line, están relacionados con la deprivación afectiva, sobre todo en edades tempranas, al punto que tales trastornos tienen un correlato anátomo-funcional al no permitir dicha deprivación la maduración de centros nerviosos del Diencéfalo que han de desarrollarse luego del nacimiento, bajo la influencia de la estimulación afectiva. De no hacerlo a su debido tiempo, se pierde la posibilidad de un adecuado desarrollo posterior, quedando el sujeto marcado para toda su vida con una insuficiencia, biológica ya, para las respuestas afectivas apropiadas de los sujetos normales, ante los estímulos sociales que lo requieren. Pero esto no queda en el nivel afectivo: estas personas están incapacitadas, a nivel biológico y a nivel de la personalidad, para el pensamiento superior, para los sentimientos altruistas, para el desarrollo de los valores espirituales más preciados. Afectos y valores han de ir juntos en la educación de los hijos o se paga un precio en el equilibrio de la personalidad y la salud mental.

Durante los primeros años de vida, la persona va desplegando la capacidad de dar respuesta emocional adecuada, en lo cuantitativo y cualitativo, a los estímulos afectivos que va recibiendo en su medio familiar, de suerte que el sujeto va disponiendo de un diapasón de emociones y sentimientos, coherentes y proporcionales a la intensidad y carácter de sus vínculos con los demás. Cuanto más abierto y variado el espectro, más riqueza espiritual y potencialidades afectivas en la personalidad, más inteligencia emocional, más resiliencia. No podemos ver el aprendizaje sólo como un proceso intelectual que desarrolla las potencialidades de la inteligencia y las capacidades cognitivas: se enseña también la afectividad, y ese proceso educativo, en base a cariño y valores, desarrolla la inteligencia emocional y las capacidades superiores de socialización del hombre y la mujer, su capacidad de entrega y altruismo, su espiritualidad.

Para conformarse normalmente como personalidad y mantener los vínculos interpersonales que le constituyen como ser social, la persona requiere disponer de una emocionalidad suficientemente equilibrada como para que le sirva para mantener relaciones armónicas y adaptativas. Estas emociones influirán en sus juicios y le permitirán valorar lo que sucede y lo que debe hacer, ateniéndose a categorías tan lejanas de las máquinas frías como son los principios morales, los intereses sociales, los sentimientos hacia los demás, los valores e, incluso, las pasiones y prejuicios, todo lo cual, en cierta forma, descansa sobre la plataforma de sus afectos. No pienso se les escape la relación de todo ello con el calor presente en los vínculos y en la educación familiares, y la función de ésta –y de los valores que transmite– en la modelación de la personalidad y en el condicionamiento de sus relaciones sociales.

Se ha obviado demasiado la trascendencia de la vida emocional y de la influencia educativa familiar en el desarrollo del hombre y de la sociedad, ocultas tras el papel de la razón y las demandas de la vida material, las que, sin que reneguemos de ellas, de actuar solas conducirían nuestros destinos por derroteros inadecuados.

La familia es, pues, transmisora de motivaciones, valores, ideología y cultura, aportando un sistema de creencias, principios, convicciones y sentimientos que guían y orientan la personalidad, al incorporarlos como mecanismo autorregulador de la conducta social, en su enfrentamiento a la vida y en la asimilación del sentido y significado de los acontecimientos que le incumben.

La familia y los sistemas integradores de la personalidad

Antropólogos culturales de la talla de Abraham Kardiner y Ralph Linton han sido particularmente cuidadosos en la investigación de estas relaciones y nos han dejado algunas conclusiones que mantienen su vigencia. En su obra clásica Fronteras psicológicas de la sociedad, desarrollan el concepto de “sistemas integradores clave”, obligada referencia para quienes pretendan adentrarse en este campo. Considero tales sistemas como fraguas de actitudes que establece la cultura, a través, fundamentalmente, de los patrones de crianza, de relación y de transmisión de valores empleados por los adultos para con los niños, los cuales operan mediante mecanismos conscientes y no conscientes, modelando los rasgos de la personalidad de cada cual.

Como estos sistemas integradores son comunes a una cultura determinada, habrá ciertos rasgos del carácter y del comportamiento y cierta forma de pensar, comunes en los individuos que conviven en ella, a lo cual Kardiner denominó personalidad básica. Cada cultura crea sus propias instituciones y, a través de ellas, gesta un tipo de personalidad que le es característica y la identifica con respecto a otros pueblos. Un cubano no se nos “despinta” en ninguna parte. Un mejicano, tampoco.

Pero el contexto familiar –la institución familia– es el escenario privilegiado de los sistemas integradores de la personalidad, la espina dorsal de la educación del hombre y la mujer, como puede advertirse al repasar algunos de estos sistemas, como son, entre otros:

  • El sistema premio/castigo y las formas de control de la conducta.
  • Las reglas familiares.
  • Los juegos, cuentos y cantos infantiles
  • El entrenamiento de roles de género
  • La relación con los adultos y el manejo de la rivalidad con hermanos, primos y compañeros de juego.
  • La educación formal y cívica.
  • Los hábitos de aseo e higiene personal.
  • El entrenamiento en roles sociales.
  • El respeto a los ancianos y minusválidos
  • La comunicación intrafamiliar.
  • Los medios de comunicación y entretenimiento accesibles a los niños en el hogar
  • La religiosidad familiar.
  • Los valores ético-morales y patrióticos en el ambiente familiar
  • El ejemplo de los adultos

Polémicas son las interpretaciones que las distintas escuelas psiquiátricas han dado a las formas y mecanismos de la influencia de los padres sobre las características del modo de ser y reaccionar de sus hijos, pero todas coinciden en reconocer el papel de la educación en la conformación del carácter, y la trascendencia de los vínculos afectivos y la transmisión de valores positivos en la relación con los hijos para el desarrollo de personalidades socialmente bien equilibradas.

Ahora bien, ¿cómo la familia transmite los valores que porta? Primero que todo, con el ejemplo, con el lenguaje verbal y extraverbal, con la identificación afectiva paterno-filial, con el contacto paciente del día a día, cual escultores que modelan, a golpe del cincel, el mármol más precioso. “La educación comienza en la cuna…” La escuela consolida, desarrolla, impulsa, pero su rol no es sustituir a la familia, sino complementarla, abrir caminos, lanzar al vuelo las potencialidades humanas. La familia funda. Es el crisol de las personalidades. Es, como señaló Pablo Neruda, “la principal y primera escuela de amor”.

Pero, en la nueva sociedad que queremos construir, en ese Socialismo del Siglo XXI que no puede ser otro que ese que descansa en el Hombre Nuevo que vislumbrara el Ché, esto no puede ser un proceso espontáneo: a la familia hay que prepararla para que cumpla adecuadamente su rol; se la debe educar, dotándola de los conocimientos y recursos psicológicos y pedagógicos para cumplir la parte que le corresponde en la formación integral de las nuevas generaciones. Nuestras organizaciones sociales, nuestras universidades, nuestros medios de comunicación requieren de un programa concertado a esos fines, a tono con las necesidades de construcción científica de la nueva sociedad. Marx aclaró que el socialismo es la única sociedad que no se construye de forma espontánea, a tono con leyes ciegas: se construye científicamente, o no se construye. Y la formación del hombre, el más importante -con mucho- de los elementos del nuevo edificio social, no puede dejarse en manos de la espontaneidad. La Sociedad debe dar la importancia debida al papel medular de la familia en la educación del Hombre Nuevo, en la transmisión de los valores que enriquezcan su espiritualidad, en el debido ensamblaje de los roles respectivos que la familia, la escuela, el trabajo, las organizaciones políticas y sociales, el arte, la cultura y la universidad, deben cumplir para realizar los sueños de un mundo concebido por entero para el hombre y por el bien del hombre. Es un problema científico a solucionar. Es vital. Y es impostergable.

Fuente: http://acosoescolar.es

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